Mis ojos recorren los adoquines
gastados de mi vieja ciudad.
El calor no da tregua a peatones sedientos
hundiendo sus pies y pensamientos
en la calle del silencio.
En mi memoria habita una canción de Quique.
Habla de teléfonos que arden,
de llamadas que no llegan,
de calles con tu nombre,
de ciudades paridas por eolo.
De repente,
un beso suave como una pluma
golpea mis labios porosos.
Su sabor agridulce, como un niño,
me recuerda al incienso de un verbo
lejano, ajado y huído de mi vera
en defensa propia.
Con poco tiempo para respirar,
para parpadear un suspiro,
el beso huye sin pedir perdón.
Huye como las palomas que apuran su existencia
ante la fría mirada de los autobuses...
casi sin querer.