El mar se suicida paulatinamente
despacio y quedo, como brisa,
a través de olas sutiles, rutinarias,
estrellándose desde el rompeolas
sin percibir lo inútil de su trabajo,
sin comprender su propia inmortalidad,
azul levante o gris poniente.
El mar en su eternidad
se pudre en el inmenso movimiento
carente de lógica lunar.
No hay ni barca ni tripulante
ni acantilado ni coral,
capaz de consolar su salada pena,
sólo perceptible en arrebatos de furia
incontrolada que levanta su ira
contra piedras vueltas de espaldas
que hacen más suave el ataque
innnecesario, inútil, fugaz
de cualquier día con mar de fondo
devorándose a sí mismo.