Miles de peatones
cruzan ciegos las calles
retorcidas en sí mismas
de esta ciudad extraña.
Miran al suelo
ajenos a lo que sucede tras los ojos
rebosantes de los pisos
asomados al vértigo de cemento
y asfalto.
Ventanas abiertas que esconden
cuerpos que se miran sin verse
en una tarde cualquiera
de un año de estos.
Manos encallecidas,
manos limpias, manos sin anillos simples,
manos que escriben o que sólo
tocan las manos que les esperan
al otro lado de la fragilidad de una respiración.
Ojos que se cierran
quemados por la oscuridad de un beso
armado de rutina.
Palabras que sustentan las paredes de una vida
abierta de par en par
a la llegada de otras palabras
huidas de bocas que hablan solas.
Nadie se asoma ya a la ventana
para respirar un aire viciado
cansado de esperar sin ser observado.
Nos quedamos sin tiempo que perder.
Se nos fue por algún bolsillo roto por la prisa.
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